En la República Dominicana existe un desorden colectivo en materia de tránsito que no se explica por la falta de leyes o regulaciones, sino por la ausencia de una autoridad que las haga cumplir. En este país está casi todo regulado; el problema radica en que no hay quien ponga orden y garantice el respeto a las normas.
Salir a conducir por nuestras calles se ha convertido en una experiencia similar a adentrarse en una selva, donde cada quien marca su territorio y nadie está dispuesto a ceder. El parque vehicular ha crecido de manera vertiginosa, y con él, la complejidad de la movilidad. Hoy en día es difícil conducir en estado de tranquilidad; ante tanto caos, el mal humor se apodera inevitablemente de cada conductor.
Los motoristas son, sin duda, los principales protagonistas de todo tipo de imprudencias viales. A ello se debe que en la gran mayoría de los accidentes de tránsito haya una motocicleta involucrada. Asimismo, hechos cotidianos muestran que en gran parte de los robos y atracos se utiliza este medio de transporte, lo que añade un componente de inseguridad a la ya difícil situación vial.
A esto se suma la invasión del espacio público. Las calles están ocupadas por talleres improvisados y buhoneros que, ante la mirada indiferente de las autoridades, convierten las vías en extensiones de sus negocios. Conducir solía ser una actividad placentera, pero en la actualidad esa diversión ha sido totalmente absorbida por el desorden.
Todo aquel que no se capacita en una profesión u oficio técnico se cree con derecho a instalar un negocio en la vía pública, contribuyendo así al caos generalizado. Lo más preocupante es la falta de conciencia ciudadana: muchos ven estos actos vandálicos como una forma de «emprendimiento», y cuando las autoridades intentan actuar, la población sale en defensa de estos «padres de familia», justificando lo injustificable.
La falta de educación vial y respeto por las señales de tránsito es otro factor determinante. En muchas ocasiones, observamos que las calles de una sola vía se convierten en doble sentido a conveniencia del conductor, obligando a los peatones a mirar hacia ambos lados antes de cruzar, incluso donde la ley indica que solo debe circularse en una dirección. Esta anarquía sobre ruedas pone en riesgo la vida de todos.
Además, la impunidad juega un papel fundamental. Las infracciones se cometen a plena luz del día y, en la gran mayoría de los casos, no existe consecuencia alguna. El conductor siente que puede hacer lo que quiera porque sabe que no será sancionado, creando un círculo vicioso donde el más fuerte o el más imprudente es quien impone su ley.
No podemos seguir normalizando lo anormal ni justificando el desorden bajo ninguna circunstancia. Cuando el caos se convierte en la rutina diaria, perdemos la capacidad de asombro y dejamos de exigir lo que por derecho nos corresponde: seguridad, orden y respeto. Recuperar el orden vial y el respeto al espacio público no es solo una tarea de las instituciones, sino un compromiso que debemos asumir todos.
Así que ya sabe, compadre: aunque la señal diga «una sola vía», mire para los dos lados y agáchese un poquito, que aquí los vehículos circulan donde les da la gana y uno no se puede confiar.

